El juego de Bruselas

Ciento cincuenta euros. Es el valor máximo legalmente aceptado para cualquier regalo que quiera hacerle, a un parlamentario europeo, una persona que se interese por su bienestar, ya sea un admirador o un lobbista representando los intereses de un determinado grupo de multinacionales. La norma no pone límite al número de veces que se le pueden hacer dichos  regalos de 150€, ni tampoco al valor de los regalos que pueden recibir sus asistentes.

Es una de las diversas cosas que he aprendido en mi reciente visita a Bruselas. Fui invitado por Access Info -organización de ámbito Europeo dedicada a defender el derecho a la información-, junto con otros ciudadanos de distintos países de la UE, para conocer y debatir temas relacionados con la participación ciudadana, la ética y  transparencia en las instituciones y el control de los lobbies. Más allá del interés de los debates abiertos, a ratos tensos, que tuvieron lugar sobre todo entre los representantes de las organizaciones pro-transparencia y los de las instituciones europeas, fueron las reuniones en pequeño grupo, en la sede de Bruselas del Parlamento Europeo, con parlamentarios y sus asistentes las que para mí fueron más esclarecedoras de lo que ocurre en ese mundo aparte que algunos llaman “the Brussels bubble”, tan lejano pero que tanto influye en nuestras vidas.

Ese día nos dividimos en dos grupos: unos fueron a hacer lo que llamaron el “lobby tour alternativo”, un recorrido por el barrio que alberga los representantes de los grupos de presión que trabajan en Bruselas. Según comenta Koen Roovers, el coordinador de ALTER-EU (Alliance for Lobbing Transparency and Ethics Regulation, una alianza que agrupa a más de 200 entidades de toda Europa), se calcula que hay unos 25.000 lobbistas en Bruselas trabajando a tiempo completo para influir en las decisiones de nuestros dirigentes. No me he equivocado con los ceros.

Respecto al otro grupo, al que yo me apunté, la reunión más remarcable fue  la que tuvimos con los asistentes y el jefe de gabinete de la parlamentaria Amelia Andersdotter, del Partido Pirata sueco, grupo de Los Verdes (más tarde nos reuniríamos con el británico Michael Cashman, parlamentario del grupo de los Socialistas y Demócratas; charla mucho más convencional y menos reveladora; supongo que es lo que tienen los políticos de los grupos mayoritarios).

Somos siete u ocho ciudadanos paseándonos por los pasillos del poder, siempre vigilados por alguien con pase permanente. Antes hemos tenido que sortear, en el recinto exterior, una pequeña alambrada colocada sólo hace unos días que protege el Parlamento de los enfadados ciudadanos en lo que parece ser una moda en rápida expansión. Dentro, pasados los controles de seguridad, algunas de las zonas amplias del edificio recuerdan a un lujoso centro comercial o a ciertas áreas de un aeropuerto internacional. Es ese lujo propio de edificios con vocación de ser emblemas de prestigio de las ciudades y naciones que los albergan. Luego, conforme nos acercamos a la sala de reuniones, los pasillos se estrechan y uno cree que podría casi oír  los susurros del poder saliendo de las puertas entreabiertas de los despachos. Pero el poder es silencioso y a esta escala parece tremendamente prosaico.

Mattias Bjärnemalm, el jefe de gabinete de Amelia Andersdotter, tiene un aire austero y algo distante. Con traje y corbata impolutas, correctísimo con nosotros y al mismo tiempo de maneras serias y formales, muy alejadas de lo que uno se esperaría de un miembro del Partido Pirata. Nos hace una introducción al modo en que tiene lugar el proceso de decisión. A saber, y resumiendo mucho, la Comisión envía un borrador de una nueva ley al Parlamento. Éste se encuentra organizado, aparte de en grupos parlamentarios, en comisiones que trabajan sobre temas específicos. Al llegar el nuevo borrador, una de las comisiones parlamentarias lidera la elaboración y proposición de las enmiendas que serán presentadas a votación, designándose a tal efecto un ponente principal (“rapporteur”). En el proceso participan también otras comisiones implicadas, así como los llamados  “shadow rapporteurs”, ponentes que representan a los distintos grupos parlamentarios.

Durante todo este recorrido van apareciendo los lobbistas, los representantes de los distintos grupos de interés, que asisten a veces a reuniones conjuntas de las comisiones (los committee meetings, que son retransmitidas online) o a los “stakeholder meetings”, reuniones en las que son especialmente llamadas las partes interesadas y  lobbies representativos.

Los lobbistas también se reúnen directamente con los MEPs (Members of the European Parliament, que es cómo se suele llamar aquí a los parlamentarios) y les entregan documentación relevante sobre la legislación en marcha y sus propuestas al respecto. A menudo esta información está detallada hasta el punto de mostrar la redacción exacta del artículo que el grupo de presión propone añadir o modificar. De hecho más de una vez, nos comentan, se han encontrado con que un texto legal que les había propuesto un lobbista aparece luego “milagrosamente” añadido a la ley en forma de enmienda, replicado palabra por palabra.

Sin embargo Bjärnemalm no es categórico en contra de la acción de los lobbies. Según él, los MEPs necesitan toda la información de la que puedan disponer para su toma de decisiones. Ocurre, sin embargo, que ciertos grupos de presión están muy bien organizados y presentan información muy detallada y pertinente en el momento adecuado. Le pregunto si él cree que la sociedad civil y las ONGs están fallando en ese aspecto, si no son suficientemente activas en Bruselas, si no están suficientemente bien organizadas para contrarrestar esos otros intereses (fundamentalmente los de los grandes grupos empresariales). Él dice que sí, que en efecto piensa que falta esa organización en los grupos de base más popular. Helen Darbishire, de Access Info, replica que esa crítica es injusta, pues los grupos civiles y las ONGs no tienen los recursos que puede tener una gran multinacional o un grupo de ellas.

Le comento a Bjärnemalm que tal vez el problema sería más manejable si se obligara  a hacer públicos los documentos que los lobbistas entregan a los MEPs, de modo que los movimientos ciudadanos y ONGs pudieran analizar y contrarrestar esa información. Él responde que la prohibición no serviría de nada, que de hacerse eso los lobbistas substituirían los documentos por llamadas telefónicas para burlar la norma. Sin embargo, comenta, sí que ocurre a veces que esos documentos son filtrados al público por algún MEP.

Pam Bartlett (Access Info) pregunta qué tiene que hacer un ciudadano o un conjunto de ciudadanos si quieren influir en el proceso legislativo. “Deben averiguar quiénes son los shadow rapporteurs de la comisión que lidera esa ley”, responde Bjärnemalm. En Internet sólo aparece quién es el ponente principal, pero preguntando uno puede enterarse de quién es quién. Otra opción es buscar aliados, no sólo entre los MEPs sino también entre los lobbies, incluso empresariales, con los que coincidas en interés en ese particular asunto. Luego está la opción de la recién estrenada Iniciativa Ciudadana Europea.

“Pero –nos pregunta- ¿por qué es en el Parlamento donde quieren ustedes influir?” Y es que en el Parlamento, como él mismo comenta, todo lo que se puede lograr es detener una legislación, como ocurrió recientemente con ACTA (el Acuerdo Comercial Anti Falsificación que fue tumbado por el Parlamento Europeo como resultado de una fuerte presión social). En el Parlamento puede también modificarse un borrador de ley con enmiendas, pero no puede ponerse en marcha una nueva legislación. Es la Comisión la que tiene esa capacidad. Y ahí operan también los lobbies, en muchos casos en forma de grupos de expertos solicitados por la propia Comisión para ayudar en la redacción del primer borrador. La elección de dichos grupos de expertos es un tema altamente polémico, pues en ocasiones se han seleccionado a profesionales de sectores privados implicados con intereses e imparcialidad más que discutibles.

Por último está el Consejo (el tercer gran cuerpo de la UE, que reúne a los gobiernos de los distintos países). “El consejo es el mayor problema”. Esta frase se la hemos oído no sólo a los asistentes de Amelia Andersdotter sino que también la pronunciará el MEP laborista Michael Cashman en la siguiente reunión. Bjärnemalm lo resume así: “El Parlamento y el Consejo deciden. El Parlamento con cartas a la vista, y el Consejo con cartas tapadas”, en alusión a la falta de transparencia que rige en la toma de decisiones del órgano.

Para Helen Darbishire esto es un difícil reto para los ciudadanos, como ha podido comprobar desde su puesto en Access Info: “Estás intentando averiguar qué posición está tomando tu gobierno en el Consejo. Puedes preguntarles directamente pero a menudo no responden. Lo que eso significa es que es muy fácil para los estados miembros -y ha quedado en ocasiones expuesto públicamente- el hecho de que a menudo dicen algo en el parlamento estatal, o en los medios, y luego aparecen documentos filtrados que demuestran que han estado haciendo (en Bruselas) exactamente lo opuesto.

”Se llama ‘policy laundering’”, responde Bjärnemalm  (algo así como ‘blanqueo de políticas’, término basado en la expresión ‘blanqueo de dinero’). “Es un problema de la propia estructura del Consejo. Yo diría que si quieres un cambio en el Consejo has de atacar directamente a los estados miembros, en especial los importantes. Pero no puedes atacar el Consejo como un colectivo, porque se defenderán entre ellos. Ustedes tienen que hacer ver a la gente en casa que las políticas del Consejo son hechas por los estados miembros, tienen que atacar a sus gobiernos en sus países. No necesitan ir a Bruselas.

Le comento que ellos –nuestros gobiernos- siempre nos dicen ‘no, no, es Europa (la culpable)’. “¡Entonces pídanles los documentos!”, me contesta Bjärnemalm. “Digan: si es Europa, entonces enseñennos los documentos del Consejo”.

Darbishire comenta la resistencia de los gobiernos a dar ese tipo de información, y pone un caso bastante surrealista como ejemplo: recientemente ellos pidieron información sobre la correspondencia entre el secretario de estado español para la UE y la comisaria Viviane Reding sobre la posible independencia de Cataluña. Les enviaron la correspondencia solicitada, pero con una nota en la que se decía que los documentos estaban sujetos a copyright del gobierno español y por tanto no los podían difundir (para cuando llegó dicha respuesta las cartas ya habían sido publicadas por El País). Concluye, dirigiéndose a Bjärnemalm: “Quiero decir: es completamente cierto lo que usted dice de que debemos presionar a nivel nacional, pero cuando hay este juego de ping-pong uno de nuestros retos como activistas pro transparencia es intentar conseguir mayor transparencia a ambos niveles (estatal y europeo), para intentar que dicho juego llegue a detenerse”.

Agotado el tiempo, una vez hemos agradecido su ayuda y nos disponemos a irnos, Bjärnemalm nos dice: “De hecho tengo un último consejo: si quieren influir en la legislación, no vayan a buscar a los MEPs; busquen a sus asistentes. Nuestra MEP es una excepción y sabe más sobre los distintos procedimientos que nosotros, pero generalmente los MEPs saben la mitad que sus asistentes. Si captan la atención de los asistentes, si les hacen cambiar de opinión, ellos influirán sobre su MEP.

Alguna cosa más

Ocurre muy puntualmente que, como ahora, tengo la necesidad de escribir algo más y, sobre todo, el tiempo para hacerlo. Pienso que este difunto blog es un lugar tan bueno como cualquier otro. No se trata pues de una verdadera resurrección, más bien el blog pasa a partir de hoy a un estado de muerto viviente, o blog-zombie, es decir, un lugar donde puede aparecer, o no, algún artículo esporádico. Dada la nula periodicidad y lo impredecible de este hecho recomiendo que, en caso de que alguien quiera ser avisado de estos excepcionales eventos, se apunte a la suscripción por e-mail (primer link del menú, arriba a la izquierda). Desearía poder ofrecer más que eso, pero finalmente he dedicido que casi nada es mejor que nada.

Son los partidos, estúpido (último post)

Un día un ataque de curiosidad antropológica me llevó a echar un vistazo a los estatutos del Partido Socialista Obrero Español. Al hacerlo me vino a la memoria un episodio de mis veintitantos, cuando un compañero de trabajo, numerario del Opus Dei, me invitó a comer y me regaló una copia de “Camino”, con la intención de que iniciara mi propia senda en la orden religiosa. Mi primera reacción fue de preocupación por la imagen que debía dar yo para que alguien llegara a la conclusión de que era “captable”. Luego me puse a leer, esperando encontrar pistas sobre los secretos que explicaran una organización social y religiosa tan poderosa. No me convertí. De hecho fue mi compañero quien se salió de la Obra algunos años después. Me lo dijo él mismo, un día en que me lo encontré casualmente por la calle. Me pidió además que no le preguntara la razón, pues no se la había dicho ni a su madre.

Respecto al libro que me prestó, “Camino”, algo así como la Biblia del Opus escrita por su fundador, confieso que no fui capaz de pasar de la mitad, pero lo que leí fue tremendamente revelador (mucho más, seguro, que cualquier capítulo del “Código da Vinci”). Mostraba un sistema orientado totalmente hacia la obediencia ciega, condenando, prohibiendo y anulando la capacidad crítica de las jerarquías inferiores, hasta el punto casi de neutralizar sus cerebros. Comprendí que ahí reside gran parte de su inmenso poder.

Pues bien, una sensación muy similar fue la que tuve al leer los estatutos del PSOE.  Y supongo que si hubiera leído otros habría sido igual o incluso peor.

La clase política está en proceso de perpetua podredumbre. No se trata sólo de determinadas personas, es el propio aire de sus pasillos el que está viciado. Pero lo está porque el sistema de partidos actual, y en especial los propios partidos, son antidemocráticos. Esto es especialmente grave debido a que nuestras democracias hacen casi imposible la aparición de nuevos partidos de importancia, orientadas así a perpetuar el poder de los dos o tres dominantes. Y en sistemas así, la calidad de la democracia interna de estos partidos dominantes es la calidad democrática de todo el sistema. Parafraseando al asesor de Clinton, James Carville, modificaría su célebre frase con un “son los partidos, estúpido” (*).

Hace falta un cambio, y no puede salir de los propios partidos, debe salir de la gente. Debe aparecer aún la “killer aplication” de la política, algo que sea el Facebook, el Youtube, la Wikipedia y el Twitter de la democracia, todo al mismo tiempo. No como modo de expresión u organización alternativo o paralelo, sino como verdadero mecanismo para la (r)evolución-transformación de la política convencional, ya sea mediante la creación de auténticos “partidos-redes-sociales” de base y supervisión  democrática, que se inscriban en el mundo real como partidos convencionales pero sean gobernados por los miles de integrantes de una red social abierta; o mediante la creación de uno o más lobbies mundiales de ciudadanos que hagan de contrapeso a los de las grandes corporaciones y marquen tendencias en igualdad de condiciones. Influyendo en las políticas de los gobiernos o forzando cambios en los reglamentos internos de los partidos. Lobbies cuyos representantes se paseen por los pasillos de Bruselas con la misma libertad que los representantes de las petroleras o las empresas de telecomunicaciones, pero con el mandato y respaldo de millones de personas, a las que informen puntualmente mediante Twitter, blogs o vídeos en directo.

La campaña de Obama (sea cual sea el balance final de la presidencia), su uso de Internet como red de intercambio y movilización masiva, nos dio pistas respecto al camino, pero hay que ir más allá. También marcan el camino proyectos de generación colectiva como la fundación Wikipedia o la comunidad Lynux.

Lo cierto es que es probable que esa conjunción ocurra, tarde o temprano, pero hay que quitarse la apatía sobre los temas políticos, la confusión social tan extendida entre la política real -la toma de las decisiones transcendentes que condicionan nuestras vidas- y la orgía de ambición, miseria y tontería que es la política de partidos. La primera es interesante y nos interesa a todos, porque repercute en nuestro día a día y nuestras opciones de felicidad. La segunda, da grima y asco, como la mayoría de sus protagonistas. No hay que confundirlas, si las confundimos estamos perdidos. Pero hay que poner fin a los partidos políticos tal y como están concebidos ahora. Son parte del problema. Son el problema. Basta ya de chupar del bote, basta ya de no rendir cuentas, basta de tirar el tiempo y nuestro dinero mirándose en su espejo gremial de amiguetes y cómplices, como si el mundo no existiera más allá de dirigentes y compañeros de partido. Hay que acabar con ellos, son el enemigo a derrotar. Y eso sólo lo podremos hacer entre todos, pacíficamente y en democracia.

Las herramientas y los medios están ahí, poderosos y al alcance de mayorías como nunca antes en la historia. Somos como los homínidos de “2001″, jugando erráticamente con huesos de animales. Sólo debemos aprender a utilizarlos como arma.

Shell pagará 11 millones para evitar juicio por complicidad en la ejecución de nueve ecologistas en Nigeria

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