Juegos con sabor a culpa y a error

Una de las 'versiones libres' que circulan por la red de las mascotas de los juegosUna vez, escuchando distraídamente la radio, me enteré de que se había promovido una concentración para lanzarle tomates a un gobernante extranjero en su visita Barcelona. Recuerdo que miré el reloj y comprobé decepcionado que ya era demasiado tarde para añadirme. Nunca he participado en una concentración semejante, y nunca más he sentido  inclinación alguna a hacerlo. Pero siempre, aún ahora, he lamentado no haber haber podido estar allí esa vez. El dirigente extranjero era el representante del gobierno Chino y era recibido por el presidente catalán con todos los honores no mucho tiempo después de la matanza de Tiannanmen. Por aquella época yo era un estudiante universitario con poco más de veinte años que había pasado de la cómplice emoción por las movilizaciones que habían estado ocurriendo en China en el 89, por la sensación de momento histórico, de revolución pacífica, a la frustración y la tristeza al producirse el dramático desenlace. Lanzar tomates era para mí un acto simbólico, casi una obligación moral de levantar la voz en respuesta a un asesinato múltiple, una respuesta indignada también a la complaciente y a mi juicio intolerable reacción de mis representantes políticos. Probablemente hoy, con la hipocresía imperante de lo políticamente correcto, los manifestantes habrían sido tratados prácticamente de terroristas por lanzar esos tomates, mientras nuestros gobernantes hacían poco menos que lamerle la mano a un asesino múltiple poco tiempo después de que cometiera abiertamente su crimen. Un crimen que no sólo fue contra unos cientos de estudiantes, sino contra las aspiraciones democráticas de aquella generación.

LA LARGA SOMBRA DE TIANANMEN

Occidente fue entonces cómplice de mirar hacia otro lado, con una reacción tibia y de rápida caducidad. Y las consecuencias de todo aquello llegan hasta nuestros días. Tanto da que muchos adolescentes chinos apenas conozcan lo que ocurrió, o que ignoren cosas que ocurren hoy. Es lo normal en el contexto en que viven. También es normal que sientan orgullo de su desarrollo económico y que quieran prosperar deslumbrados por unas comodidades a las que sus padres no pudieron acceder. Pero para los que se desvían de la búsqueda de su particular “sueño chino” capitalista y entran a cuestionar las bases políticas sobre las que se asienta, las represiones siguen, o al menos eso afirman los distintos grupos de denuncia y asociaciones de periodistas que lo han podido palpar sobre el terreno, así como los propios disidentes chinos cuya voz se ha podido oír desde aquí antes de ser silenciada. Todos ellos coinciden en que la represión se ha endurecido con la proximidad de los juegos, en contra de lo prometido, con desapariciones, arrestos y condenas de años de prisión por el simple delito de ejercer el uso de la palabra.

Lo que ocurrió en Tiananmen fue un hecho histórico que condiciona la realidad de ahora. Nunca sabremos qué habría ocurrido en ese universo alternativo en que el ejército no hubiera abierto fuego. Muchos dirán que el milagro económico habría sido mucho más lento. Y probablemente sea ese un análisis acertado, pero que no legitima ni justifica el asesinato masivo y la represión.

Más allá del momento concreto, el problema derivado de la matanza de 1989 ha sido que con su magnánima complicidad de estos años, coronada con la adjudicación de los juegos, la comunidad internacional y Occidente en especial han acogido y dado de comer a una extraña criatura política, una especie de híbrido mutante entre los antiguos bloques del Este y del Oeste, un cruce entre los regímenes totalitarios comunistas y las democracias capitalistas. Occidente lo toleró y lo ha impulsado abiertamente, ya fuera por codicia, por miedo a tenerlos en contra, o con la esperanza de que fuera el paso intermedio necesario para acercarlos al modelo democrático.

NO ME DIGAS MÁS CÓMO HE DE SER; TE VOY A EXPLICAR CÓMO SOY

Esa criatura finalmente se ha ido haciendo mayor. Hoy es su puesta de largo y ha demostrado al mundo que puede levantar y mantener con orgullo un sistema capitalista y al mismo tiempo totalitario, siendo aceptado, aunque a regañadientes, por la comunidad internacional. Poco a poco las afirmaciones, desde el stablishment chino, en el sentido de que hay que tener paciencia porque las reformas democráticas llegarán, van dejando paso a insinuaciones (o incluso a afirmaciones abiertas) de que su modelo es tan válido como el democrático o de que la democracia está sobrevalorada, algo que tiene reminiscencias demasiado fuertes de un pasado que el mundo no quiere repetir. Y todo ello entre unas cada vez más altivas exigencias de no injerencia.

Es posible que este cambio de discurso, de la promesa de reforma a la autoafirmación desacomplejada de su sistema actual, se vaya asentando más a partir de ahora, una vez pasada esta puesta de largo. Y es que si en esta ocasión, con la presión de un mundo entero pendiente, los dirigentes chinos han sido capaces de salirse con la suya sin que los gobiernos del mundo se hayan atrevido prácticamente a rechistar, parece poco probable que la comunidad internacional vaya a tener en el futuro ya muchas otras cartas por jugar.

El nuevo sistema político emergente, el totalitarismo capitalista, potencialmente mucho más poderoso y competitivo que los económicamente insostenibles totalitarismos comunistas del siglo XX, recibe así esta semana su bautismo internacional y con él el signo de su probable consolidación en la historia del siglo XXI. Occidente y la comunidad internacional han apostado a que con el tiempo las reformas económicas darían paso a las políticas. Pero hay cada vez más indicios de que esto puede no ocurrir así, ni ahora ni más adelante. Si ese es finalmente el caso, la criatura habrá resultado ser un poco amigable monstruo y tendremos bastantes probabilidades de lamentarlo seriamente en las próximas décadas. Tal vez no teníamos otro remedio y en cualquier caso es menos peligrosa una China no democrática pero económicamente interdependiente que una China no democrática, aislada y autárquica. El tiempo dirá, pero mientras el pueblo chino no tenga poder de decisión ni disfrute de libertad de información, el mundo entero tiene motivos sobrados para estar intranquilo