¿ La caída del imperio americano ?

Portadas de The Economist, Newsweek y Courrier International.

Si midiéramos la escena internacional en términos de percepciones se podría afirmar que en los últimos cinco años se ha producido un cambio de era a nivel global. Y es que nuestro mundo, o más bien la imagen de él que pintan para nosotros los analistas, ha pasado en este breve periodo de ser un planeta liderado por una única superpotencia, encargada de marcar la agenda política, económica y militar internacional, a un mundo multipolar, muy diferente, en el que esa visión de liderazgo y supremacía americana empieza a parecer sólo un simplificado retrato de una época ya pasada. Sólo hay que leer los comentarios y la opinión dominante anterior al 2003 y compararlas con portadas y artículos de opinión actuales de revistas como Newsweek, Courrier International, Foreign Affairs o, en menor medida, The Economist, para concluir –acertadamente o no- que en estos pocos años hemos entrado sigilosamente en un nuevo periodo histórico.

EL SUICIDIO “NEOCON” Y EL AUGE DE LOS OTROS

Tal vez el 11 de Septiembre no haya sido al fin, en contra de lo que casi todos pensábamos, la fecha definitoria de esta nueva era, pero sí un catalizador que habrá ayudado a acelerar su llegada. Se podría decir que hay dos motores de fondo, uno político y otro económico. El primero es el fracaso del modelo imperialista “neocon”. El segundo, y el más importante, lo que el propio editor de Newsweek y otros escritores han llamado “the rise of the rest”.

Paradógicamente han sido los más fanáticos defensores de la supremacía americana quienes han sentenciado a su país a la prematura pérdida de dicha hegemonía. Varios miembros del grupo neoconservador “Project for the New American Century” (Rumsfeld y Cheney entre ellos) habían logrado ascender a las más altas instancias de poder gracias a la designación de George W. Bush en el 2000. Su doctrina ideológica promovía el uso activo de la guerra como instrumento para ampliar y consolidar la hegemonía política, militar y económica mundial alcanzada durante las anteriores décadas. Éste grupo vio en el 11-S una oportunidad, el “evento catastrófico catalizador” necesario para la rápida implantación de su particular hoja de ruta.

El plan de este grupo de iluminados estaba plagado de errores prácticos y de concepto, tanto en su planteamiento como en su ejecución. El mayor de ellos fue no darse cuenta de que el liderazgo del que disfrutaba Estados Unidos estaba supeditado a la defensa de ideas compartidas por la mayoría de la población mundial. Al traicionar estas ideas (en especial “regla de oro” que prohibía las guerras unilaterales de invasión), Estados Unidos (y por extensión Occidente) perdió su autoridad moral a los ojos de buena parte del mundo. Pero lo más grave y dañino para la superpotencia fue la pérdida de confianza. El mundo ha pasado a desconfiar de EEUU en materia política y militar. Eso, unido al debilitamiento fruto del fracaso de la aventura de Iraq, ha precipitado su pérdida de influencia.

Mientras tanto, en el terreno económico, estos años han sido los de la constatación del crecimiento imparable de las economías emergentes, encabezadas por la ya omnipresente China. A lo largo y ancho de la biosfera el Tercer Mundo está rápidamente perdiendo países, transformados en otra cosa cada vez más parecida al primero. Muchas áreas, especialmente en Africa, se resisten a perder esta etiqueta estigmatizadora, pero es de prever que también se vayan deshaciendo de ella. A ello hay que añadir el éxito de la Unión Europea y su modelo de “poder blando”, que le ha propiciado un crecimiento en territorio y población (a base de anexiones voluntarias) que parece propio de otra época.

Y si el acelerador del cambio político ha sido la guerra de Iraq, en el terreno económico el símbolo de esta percepción de cambio ha sido la crisis que ha azotado en los últimos meses al país, de la que aún no se sabe con certeza su duración, profundidad, ni alcance internacional.

¿ Y AHORA, QUÉ ?

A comienzos de este siglo, con el mundo entero horrorizado por la imagen de las Torres Gemelas desplomándose sobre el suelo de Nueva York, Estados Unidos podía lograr casi cualquier cosa de casi cualquier país. Probablemente podría haber bloqueado, simplemente mediante la amenaza creible de una acción militar respaldada por la ONU, cualquier intento de proliferación de armas atómicas por parte de países como Irán o Corea del Norte. Hoy en día, en cambio, cualquier país sabe que para conseguir armas atómicas todo lo que necesita es un poco de cautela, tiempo, determinación y juegos malabares políticos. Con la “policía del mundo” fuera de juego, enfangada en Iraq y desprestigiada, la amenaza de una nueva acción militar no es en este momento creíble ni disuasoria, y países como Iran juegan como quieren con la comunidad internacional. Además, aunque EEUU intente volver al multilateralismo, cualquier intento contra un estado “gamberro” chocará con facilidad con los vetos de China o Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU. La sed por los recursos energéticos ha llevado a éstas potencias a hacerse precisamente socios económicos de estados, como Sudán o Irán, que por razones políticas, de seguridad o de derechos humanos encuentran dificultades para comerciar con Occidente sin restricciones. Estados Unidos, primera potencia militar indiscutible, todavía podría emprender guerras por su cuenta, pero sin el respaldo Internacional y con una opinión pública interna más escéptica que nunca, es menos probable que antes.

Por supuesto eso no significa un nuevo mundo libre de amenazas. Muchos de los grandes bloques emergentes no tienen una democracia consolidada, algunos no tienen una democracia de ningún tipo, y no es impensable en este siglo la reedición de la guerra fría en un mundo no ya de dos bloques, sino de tres, cuatro o cinco.

Este es uno de los peores escenarios. El otro (más probable, esperemos) es el equilibrio de fuerzas entre varias superpotencias, en el que las dependencias económicas dificultarán la aparición de conflictos armados. El próximo presidente de los EEUU tiene la misión de redefinir el papel que debe jugar su país en este nuevo orden mundial que ha aparecido como por arte de magia, sin pedir permiso. Tarea difícil, especialmente porque la incertidumbre es una de las características principales del nuevo panorama. Si hay algo que se puede asegurar de momento del nuevo siglo es que puede ocurrir cualquier cosa, y que cualquier predicción puede quedar caduca a los cuatro días.