La fiesta del G8

Cabecera de la página principal de la web oficial de la cumbre del G8
Pocas veces como ahora había generado una cumbre del G8 tanta expectativa. Cuatro grandes crisis (financiero-inmobiliaria, petrolífera, alimentaria y climática) azotan este año al planeta, en una conjunción sin precedentes. La escasez ataca directamente a las poblaciones y los disturbios y conflictos sociales empiezan a hacer su aparición (levemente si comparamos con lo que los expertos avisan que puede ocurrir si se agrava aún más la situación). Esta semana daba la impresión de que el mundo era una gran familia atenta a lo que hacían los papás para arreglar un serio problema que sólo ellos podían solucionar. Pero el mundo ha recordado muy rápido que ni los líderes del G8 ni los del G5 son superhéroes, sino simples políticos con sus propias agendas, las de sus partidos y sus países, y la sensación es que todos ellos tienen suficientes problemas en casa como para ponerse a pensar en los problemas globalmente en serio. Las crónicas de los periódicos a nivel internacional reflejan esa desilusión. La debilidad de los compromisos, la mera repetición de promesas ya dadas en cumbres anteriores (algunas de ellas ya inclumplidas), la falta de concreción, transmiten la sensación de que se trata de una cumbre más, casi una reunión de colegas.

Débiles golpes de efecto para las cámaras como el de plantar un árbol quizá pretendían mostrar que se tomaban en serio los temas de la reunión, pero en realidad tendían a transmitir la imagen totalmente opuesta. Por no hablar de patinazos de relaciones públicas como el banquete que se dieron (que incluía caviar, salmón, langostinos y otros suculentos manjares hasta llenar un total de 19 platos) en plena discusión sobre la crisis alimenticia mundial y que tanto ha escandalizado a la prensa internacional; no porque alguien en su posición no pueda permitirse un buen plato, sino por la falta de sensibilidad y contacto con la realidad que denota hacerlo en ese momento y no darse cuenta de que la opinión pública lo considerará ofensivo.

Finalmente y más allá del teatro de los gestos, en lo que se refiere a las decisiones y comunicados, al final la sensación transmitida es de ausencia de substancia acompañada de un casi inquietante optimismo; no parece que nos encontremos ante una situación de crisis mundial de una urgencia apremiante. Ojalá sea un optimismo justificado, pero los signos y los informes de los distintos organismos internacionales (empezando por la ONU) no parecen señalar en esa dirección.

Otra lectura posible sería interpretar el desarrollo y resultado de la cumbre como un mensaje de los participantes, no pronunciado en voz alta pero legible entre líneas, que vendría a decir algo así como “que cada estado busque sus propias respuestas a los nuevos retos”. O más simplemente, “sálvese quien pueda”.