Las causas de la crisis (I)

[ACLARACIÓN 16.1.09. Este artículo es una introducción. Para ver la lista de causas, ir a: Las causas de la crisis (II) ]
Más allá de la explicación habitual de la crisis subprime (todos esos títulos contaminados de hipotecas de alto riesgo inundando y bloqueando el sistema bancario), los analistas han intentado estas semanas determinar cuáles son las causas profundas de la presente crisis financiera y económica. Y es que la dimensión de la ésta parece ser tan grande que el asunto de las hipotecas basura americanas se empieza a ver cada vez más únicamente como una gran gota que ha colmado el vaso. A pesar de lo que vienen diciendo muchos dirigentes, la opinión que poco a poco parece extenderse es que no se trata de una simple “crisis de confianza”, sino que dicha falta de confianza es en realidad el síntoma de una enfermedad mucho más grave, algo que afecta a los cimientos mismos del sistema económico y financiero mundial actual.
He podido recoger algunos artículos de distintos medios que tratan de dar una explicación más de fondo sobre las causas de la crisis y dedicaré el próximo post a listar los puntos más repetidos y destacables, pero antes quería dar aquí una impresión más general (y reconozco que más personal) intentando resumirlas bajo un concepto único. Si hay una conclusión aglutinadora a la que me llevan todas las explicaciones leídas es que esta crisis no es más que el fruto natural de una especie de “hipercapitalismo desbocado”, una interpretación radical y algo desquiciada del modelo económico capitalista en la que la desregulación progresiva ha permitido a las fuerzas económicas más poderosas hacerse con el control de la economía y colocar libremente su propio beneficio por encima de los intereses de la mayoría de los habitantes. Eso ha sido posible, a mi juicio, gracias a la irresponsabilidad de algunos, la ineptitud de otros, la falta de escrúpulos de muchos y una avaricia ciega llevada en algunos casos hasta niveles de irracionalidad autodestructiva. Pero también gracias a un nuevo despotismo ilustrado, que mencioné ya en la introducción de este blog, en el que las clases dirigentes han estado justificando las medidas de empuje de este capitalismo hipertrofiado bajo una cortina de dogmatismo que pretendía decir “dejad que los que entienden lleven la economía, no os preocupéis de esos temas”. Esto, en definitiva, no ha supuesto otra cosa que una cesión en la práctica de soberanía por parte de los pueblos hacia las clases político-económicas dominantes. Así, estas élites, parapetadas tras la complejidad de los mecanismos macroeconómicos y tras unos preceptos entonces casi sacralizados (y que ahora todo el mundo cuestiona), impregnaban los programas y las actuaciones de los partidos principales y los gobiernos con unas políticas económicas práctimente indiferenciables y monocromas. El fracaso de sus decisiones al menos puede finalmente traer a la consciencia colectiva el hecho de que los tecnócratas no siempre tienen la razón (ni tampoco buscan siempre necesariamente el bien de la mayoría) y que por tanto la población no puede permitirse ceder alegre y ciegamente su soberanía como lo ha hecho. La “muerte de la política” es una mentira que nos han estado vendiendo en las últimas décadas aquellos que querían borrar de la opinión pública “bienpensante” cualquier visión que chocara con el modelo que nos querían imponer: el del neoliberalismo, el capitalismo entendido como algo sin control ni límites, y la concepción del estado como una inútil traba al progreso.
Ahora la historia, con su fuerza implacable, ha puesto en su lugar a todos esos tecnócratas y ha puesto en evidencia su subordinación a unos grupos y a una ideología muy concreta que no conduce, como nos vendían, a un mundo feliz de riqueza para todos, sino hacia un mundo de endeudamiento y bajo poder adquisitivo para la inmensa mayoría.
