¿A qué partidos votamos realmente en las elecciones europeas? (Esquema-resumen)

A pesar del aparente empeño de partidos e instituciones en confundirnos y desinformarnos, debemos recordar que en las elecciones europeas no vamos a votar a partidos nacionales, sino a listas de candidatos, los cuales luego se incorporarán a alguno de los grupos políticos del Parlamento Europeo. Pero algo tan básico como conocer a qué partido o grupo político irá finalmente nuestro voto puede llegar a ser como resolver un obscuro y misterioso enigma. No sólo porque muchos  partidos se esfuerzan en esquivar el tema y presentan sus campañas y trípticos sin hablar de grupo europeo alguno. A eso se suma el hecho surrealista de que, en muchos casos, miembros de una misma lista nacional van a parar directamente a partidos o grupos europeos distintos. Así, por ejemplo, cuando se vota en España a la lista de CIU, PNV y compañía (Coalición por Europa), en realidad estamos votando al mismo tiempo a los partidos de la Alianza de los Democratas y Liberales, y al Partido Popular Europeo  (los dos primeros candidatos de la lista, de CiU y del PNV, irán al los dos partidos de la Alianza, y en caso de que lograran un tercero, de Unió Democràtica, éste iría a engrosar las filas del PP Europeo). Con tal absurdo galimatías lo normal es que sintamos no ya apatía electoral, sino verdadera esquizofrenia.

El gráfico superior intenta resumir el proceso y las correspondencias entre partidos nacionales, partidos europeos y los actuales grupos parlamentarios europeos. Para más información sobre cada grupo y los partidos que los forman, seguid los links a continuación:

La globalización de tu información privada

El Wall Street Journal informaba esta semana de que un grupo inversor ruso se había ofrecido para adquirir una participación en Facebook.

En un mundo en que más y más información personal se encuentra en manos de entidades públicas y privadas, la compraventa de participaciones de las empresas depositarias de estos datos, así como su carácter global, despiertan no pocas dudas e  inquietudes. Igual que los estados se encuentran cada vez más impotentes para aplicar una política fiscal efectiva ante la competencia de paraísos fiscales de todo tipo, también las legislaciones destinadas a proteger nuestra privacidad pueden encontrarse pronto con un mundo real donde su aplicación sea cada vez más difícil. Nuestros datos personales circulan de una punta a otra del mundo, gestionados por entidades que en demasiados casos pueden escapar a un control, regulación y supervisión efectivos. La posibilidad de que esta información caiga en malas manos aumenta exponencialmente día a día, al aumentar la cantidad de información privada recogida, el número de entidades que tienen acceso, las técnicas para cruzar datos de distintos orígenes, la sofisticación de los ataques destinados a robarlos o la negligencia de muchos de quienes los custodian.

La posible oferta sobre Facebook, aunque la participación en juego sea minoritaria, no deja de ser un ejemplo que invita a reflexionar. La mayor red social del mundo es vista con ojos golosos por una empresa inversora ubicada en un país con cada vez menos garantías democráticas, gobernado por antiguos miembros de la ex KGB, bajo sospecha de emplear métodos propios de la época de la Unión Soviética, incluyendo el asesinato de gente incómoda al régimen. La sola idea de que puedan un día llegar a acceder a la base de datos de una buena parte de la población mundial, y obtener, sólo para empezar, un listado preciso de quienes son los amigos y relaciones de cada uno, es algo que pone los pelos de punta. Y da que pensar. ¿No estaremos entre todos dejando inadvertidamente que crezca un peligroso monstruo en el jardín de detrás de nuestra casa, mientras lo alimentamos colectivamente de forma inocente y naïf con información sobre lo que hacemos, nuestros conocidos, nuestras fotos, nuestra vida?

El link a la noticia:

Work less, earn less

La semana pasada tuvo lugar una “cumbre” europea para tratar el problema del desempleo. Así, parafraseando al cómico Eugenio, se reunieron las tres principales potencias de la Unión: Suecia, la República Checa y España. El resultado fue un decálogo de diez propuestas para ser debatidas en próximas cumbres. Llama la atención la primera de ellas, que dice lo siguiente:

Las acciones llevadas a cabo por los estados miembros y los actores sociales deben apuntar a mantener empleada a la mayor cantidad de gente posible. Para este objetivo, un ajuste temporal en las horas de trabajo puede ser una opción de política efectiva para empresas de cualquier dimensión, contando para ello con la ayuda de fondos públicos como el Fondo Social Europeo (ESF); puede ser una oportunidad para la formación continua con objeto de facilitar traslados internos o transiciones hacia otras compañías o sectores, en línea con la idea de flexiguridad.

Es relevante la mención a la llamada flexiguridad (alta flexibilidad del mercado laboral compensada por una alta protección social para los momentos de transición entre empleos). Pero atención también a la primera mitad del párrafo. Aparentemente opuesto a la directiva maldita de las 65 horas semanales tumbada recientemente por el Parlamento Europeo (y al “work more, earn more” con el que Sarkozy promociona mundialmente su mercado laboral), el tono de la propuesta puede recordar más a las reducciones de jornada en la línea de la ley francesa de las 35 horas.

¿EN QUÉ QUEDAMOS, ENTONCES? ¿HAY QUE AUMENTAR O DISMINUIR LA JORNADA LABORAL?

En estos casos la lógica y el sentido común deberían prevalecer. Paradójicamente no parece haber consenso sobre qué es lo que dicta la lógica y el sentido común. El caso es que para una gran empresa con fábricas en Europa que debe competir con otras ubicadas en India o China, una receta para que no se queden los empleados en la calle es que trabajen más cada semana, como hacen los chinos o los indios. Aun en el caso de que paguen las horas extra, como el resto de costes por empleado se mantiene (el espacio físico de trabajo, los seguros sociales, etc.), la productividad de la empresa se beneficia. La fábrica no tiene que cerrar y los empleados conservan su puesto.

¿Así que es bueno incrementar la jornada laboral? No realmente, porque nos olvidamos de un detalle importante a nivel global. La eficiencia en la producción hace inevitable que cada vez se necesiten menos recursos humanos para fabricar lo mismo. Durante mucho tiempo se ha creído ingenuamente que eso se compensaba con innovación en los países desarrollados. Esta crisis está demostrando que eso no es exactamente así. La innovación y los nuevos productos y servicios son indispensables, pero no están bastando para compensar la pérdida de empleos fruto de la mayor eficiencia mundial. Al final la tendencia a que se necesite cada vez menos horas hombre es imparable. De modo que mantener aquella fábrica en Occidente a base de incrementar la jornada laboral puede evitar algunos despidos temporalmente, pero no soluciona el problema si a la larga, por culpa de eso, aún hay más gente sin trabajo.

Dicho de otro modo, si no hay trabajo para todos, sólo podemos hacer tres cosas:

  1. Que trabajen unos y subvencionen a los otros. Si el paro se mantiene en niveles aceptables funciona, pero si los subvencionados son demasiados acaba siendo insostenible, además de injusto.
  2. Que trabajen unos y no se subvencione a los otros, lo que es peor pues generará miseria, exclusión social, inseguridad y aumento de la criminalidad que repercute en la calidad de vida de todos.
  3. Repartir el trabajo.

WORK LESS, EARN LESS, PAY LESS

¿Era entonces la Francia de las 35 horas que está desmontando ahora Sarkozy la solución? Puede ser que no. Son muchas las posibles recetas, y tal vez la ley adoptada por Francia no fue ideal, pero sí apuntaba a la tendencia correcta: trabajar menos, repartir el trabajo. En cualquier caso la empresa no debe correr con todos los gastos asociados al cambio de modelo, y para ello necesita la ayuda de la sociedad en su conjunto (es decir, de los estados). Tampoco hay que esperar trabajar menos por el mismo salario. Sería ilusorio, al menos en el momento actual. Si hay que trabajar menos, hay que aprender a ganar menos.

En cuanto al impacto sobre la demanda global, ésta no tiene por qué reducirse demasiado (al contrario de lo que ocurre si llevamos a cabo simples ajustes salariales sin reducción de jornada), pues en este caso más ciudadanos tendrán empleo y por tanto un sueldo para gastar.

Pero ¿Y los asalariados? ¿Lo resistirían? La pata que le falta a esta ecuación, y que la ha hecho inviable hasta ahora en Occidente, son los altos costes de los bienes de primera necesidad. Elementos esenciales para la supervivencia como la vivienda o la alimentación han tenido en los países desarrollados unos precios prohibitivos que han hecho inviable una bajada de salarios. Es allí donde debía haberse hecho algo hace mucho tiempo, por las buenas. Puede que ahora debamos hacerlo por las malas, con un doloroso proceso deflacionario, al que todo el mundo teme por ser generador de cierres y más paro, pero que puede que sea inevitable y necesario.

La noticia sobre los resultados de la cumbre:

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Hoy ominids cumple su primer aniversario. Muchísimas gracias a los lectores, ocasionales o habituales, y en especial a los que participáis con vuestros comentarios. Un saludo a todos.

El desastre europeo no es culpa nuestra

Navegando el domingo pasado por Internet me enteré de que una caravana informativa sobre las elecciones europeas se detenía en mi ciudad (Barcelona) justo ese día. Tras llamar sin éxito al 010 y al 012 -que no tenían constancia de “nada semejante”-  averigüé finalmente por la web de un medio local su ubicación, junto a la catedral.

Así que fui a informarme sobre Europa. Entramos unos 10 o 12 en un espacio austeramente decorado con una pantalla de plasma, donde apareció una chica con gafas oscuras y aire futurista. Con el nerviosismo del actor inexperto obligado a interpretar un guión absurdo,  nos contó que venía del futuro (2030 o así), tras lo cual dio paso a un vídeo.  En él se contaban las maravillas logradas por nuestra sociedad en ese tiempo (coches electricos, paz en el mundo, etc.), y que todo ello había sido gracias a la votación del 2009 para el Parlamento Europeo. Al terminar la chica preguntó si alguien quería lanzar por el micro una “petición al Parlamento”. Sólo se acercaron los dos únicos niños presentes, de unos seis o siete años, que se reafirmaron el lo de acabar con las guerras. Un cámara que estaba grabando a nuestro selecto grupo, ante la oportunidad de capturar un material mínimamente televisable, le pidió a uno de los niños que lo repitiera, ahora en español (pues lo había dicho en un inconveniente catalán). El chaval, dócil, educado y ajeno a los enfermizos debates lingüísticos de sus mayores, así lo hizo, encantado y sin problema.

Et voilà! Así acabó nuestro tour por Europa y sus elecciones. Gracias por venir. Ni un folleto informativo –sólo un CD semioculto en un rincón, que ni siquiera nos ofrecieron-. Ni un triste gráfico en la pared, ni una explicación sobre las funciones del Parlamento, los principales grupos, con qué partidos nacionales se corresponden, etc. Eso sí: un boli de regalo, un bloc de hojas blancas y una piruleta de la Unión. Entramos como ignorantes y salimos convencidos de que nuestros gobernantes nos consideran imbéciles.

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